Pandemia & Embarazo

A todos nos tocó sacudirnos las rutinas y despertar de la modorra que nos tenía sumidos en espejismos de lo que suponíamos era la tan mentada normalidad.

Todos libramos alguna batalla contra enemigos como el miedo, la soledad, la tristeza, la enfermedad, la muerte y, quizás uno de los más poderosos de ellos, la incertidumbre.

Todos teníamos otros planes en mente, allá en los primeros minutos del 2020, mientras alzábamos las copas para brindar con nuestros familiares por un año nuevo lleno de éxitos, bendiciones, proyectos, todos ellos nuevitos de paquete como el año que daba sus primeros pasos incipientes, respirando el aire veraniego impregnado de pirotecnia y sueños inmaculados cuales páginas en blanco.

Todos creíamos ingenuamente en garantías que, en realidad, nunca fueron tangibles. Garantías de una vida ajetreada, con idas y venidas, garantías de que la vida tiene un itinerario inamovible, que todo siempre será igual. Guerras, catástrofes naturales, desastres variopintos siempre se redujeron a anécdotas anacrónicas y/o relatos encerrados en noticieros e historias geográficamente bien distantes a nuestra existencia.

Todos esperábamos un 2020 muy diferente al que nos está tocando vivir.

En nuestro caso, la bendición llegó sin importarle pandemias ni cuarentenas. Habíamos sentido desde hace un buen tiempo ya el podríamos denominarlo llamado de tener otro hijo, y éste sería el año para cumplirnos este sueño y completar a la familia con quién sabe qué personaje. En lo personal, yo tenía miedos por razones diversas, así que un día me puse a conversarlo con el Dios en el que creo firmemente, y recordé tantos relatos acerca de mujeres que a través de sus temores se entregaron a historias más grandes que ellas en todos los ámbitos, y pensé que, pasase lo que fuere, había algo más fuerte, más imponente, una cita digamos ancestral para seguir componiendo el rompecabezas cuyo diseño final aún no conocemos.

Ya antes del test de embarazo sabía que estaba en camino a quien tanto habíamos anhelado; el test fue un simple protocolo, y nuestra felicidad: completa.

Días después amanecía el 10 de marzo, el último de nuestros días “normales”, uno de esos días aún estivales que comienzan con el “apúrense para no llegar tarde al colegio” y el “¿dónde está ya otra vez tu cartuchera?!” y que tienen la agenda repleta. No sabíamos que todo lo que haríamos ese día, cada persona con quien hablaríamos, cada camino que anduviéramos, tendría en el retrovisor de nuestro caminar el dramático tinte de “la última vez antes de”. Al caer la noche, nos cayó también a todos la ficha de que las cosas cambiarían. Pueriles, pensábamos que el estado excepcional duraría a lo sumo algunas semanas, tan acostumbrados a la rutina y al modo en el cual las cosas son como son (y que, resultó, no es irreparablemente y por definición como son), tan poco preparados (había sido) para que una realidad muy diferente irrumpiera a modo de torbellino a nuestras vidas agendadas, planificadas de pe a pa. Recuerdo esa noche, los chicos felices porque no irían al colegio al día siguiente, los adultos preocupados pero no en demasía, recuerdo haber dado vueltas en la cama, reflexionando acerca de lo volátil de nuestra tan preciada “normalidad” y mil cosas más, recuerdo que de madrugada pasó uno de los vehículos de la SENEPA fumigando las calles del barrio, porque aún nos encontrábamos en plena batalla contra el dengue nuestro de todos los veranos, y el feeling cuasi apocalíptico que invadió la pieza de la mano del veneno aniquilador de mosquitos.

Las primeras menciones oficiales de pandemia coincidieron con tareas de colegio enviadas por WhatsApp, con una perplejidad generalizada y, en lo personal, con unos ataques de náuseas y vómitos imponentes. Las primeras semanas, cuando a nivel mundial se popularizó el término “cuarentena” y la gente se encerró en sus casas mirando, atónita, filmaciones de delfines en los canales de Venecia y venados recorriendo las peatonales silenciosas de metrópolis otrora rimbombantes; aquellas semanas estuvieron tan llenas de dudas como las galerías de los celulares lo estaban de fotos de hojas de cuaderno doble raya y páginas de libros de matemáticas. Sé que cada un@ tiene su anécdota, su propia historia que contar al respecto, aquí va la mía: lloré, lloré mares de lágrimas (siempre y cuando las arcadas nunca sólo matutinas y las incontables tareas del hogar, del laburo y del colegio me lo permitían). No era éste el mejor momento para traer a otro ser humano al mundo, ¿no? Y si ya en marzo se estaba desmoronando el mundo que conocíamos, ¿de dónde sabría un@ cómo estarían las cosas allá por octubre?

Pero la desesperación de los primeros días en algún punto cedió lugar a la paz. De todos modos, no había nada qué hacer, además de inventar cada día actividades (no sólo) para los chicos, encontrar una nueva rutina y, sobre todo, cuidarnos. Vocablos como “toque de queda”, que llevaban impregnados el acre sabor a relatos de un país marcado a sangre por una dictadura demasiado larga y unos cuantos capítulos violentos en su “spin off” primaveral ñembo democrático, se instalaron en nuestro glosario, mientras los controles en las calles más o menos rigurosos y el boom de los delivery se acomodaron a la vida diaria. Much@s compatriotas se jugaron por el reinventar; el reinventar sus actividades laborales, el reinventar de sus horas libres, el reinventarse ell@s mism@s.

En medio de todo eso, chequeos médicos, primeras ecografías, primeros latidos de un corazón fuerte y sano abriéndose paso en nuestro mundo, sin importarle un rabanito que éste estuviese de cabeza. Y alrededor de la Semana Santa cargada de trascendencia me llegó, junto con los nada trascendentales huevos de chocolate que el conejito este año repartió, desinfectados como todas las compras a partir de ahora, bajo los protocolos sanitarios obligatorios, la calma. A nivel bíblico, pensemos en Sara, quien tuvo a su hijo a una edad básicamente impensable. Pensemos en Jocabed, la mamá de Moisés, que confió la vida de su bebé al río Nilo para salvársela. En tantas, pero tantas mujeres a lo largo de la historia de la humanidad quienes dieron y dan a luz en condiciones paupérrimas, sin acceso a cuidados médicos, en medio de brutales guerras, entre injusticias sociales, a sabiendas de que no pueden ofrecer mucho futuro a sus vástagos y, sin embargo, lo hacen. ¿Cuántos grandes hitos en la historia no podríamos contar sin aquellas mujeres? Pensemos en la madre por excelencia, María, y su travesía por tiempos complicados en pleno embarazo, y si bien estoy más lejos de su condición sagrada que un ñandú de convertirse en influencer, es ella símbolo de todo tipo de circunstancias difíciles que mujeres embarazadas a lo largo de la historia han atravesado; tuvo que viajar (en burro, entiéndase: no precisamente en primera clase con servicio a bordo de snacks y películas) durante días y dar a luz en el lugar que parecía el menos indicado para el efecto, rodeada por una curiosa amalgama de animales, pastores de ovejas, misteriosos hombres de Oriente y ángeles… y, convengamos que (bue, eso es, si hacemos caso omiso a las teorías conspiranoicas tan populares este año) al menos aquí y ahora no hay un tipo matando salvajemente a niños pequeños dando vueltas como allá hace más de dos mil años.

Volviendo la mirada de la lejana Belén al presente paraguayo: Como el humano es un animal de hábitos, nos acostumbramos a todo, incluso a la falta de esa dimensión social que aristotélicamente nos define. Las clases virtuales, que al inicio parecían una tortura insoportable – okéi, a quién le queremos mentir, siguen siendo una tortura insoportable, para padres, niños y profesores por igual. Pero nos acostumbramos (irónicamente, o quizás ni tanto, mejor que algunos países del supuesto primer mundo, ese término horrendo para clasificarnos por continentes en “mejores” y “peores”, cliché que esta pandemia definitivamente reveló como disparate porque mientras acá somos habitués con pase VIP de los líos, allá se va la luz y no saben qué hacer). Y ahora ya denominamos “nueva normalidad” a esta vida entre cuatro paredes con pocas excepciones y muchas restricciones (si bien es cierto que de a poco se van aflojando las últimas, apelando al muchas veces mal llamado sentido común). Lo online reemplaza más mal que bien a los encuentros con amigos, salidas a restaurantes y boliches, y un paseo en la naturaleza nos causa una casi ridícula sensación de libertad y alegría.

Y probablemente sea esa una de las grandes lecciones que nos regala esta enfermedad. Vivimos en un mundo sin garantías, aunque hayamos estado viviendo hasta febrero aproximadamente como si las tuviera. Nadie firmó un contrato de bienestar de por vida, aunque hasta hace medio año dábamos por hechas tantas pequeñas cosas que llenaban nuestro día a día de una falsa sensación de seguridad; las idas y venidas, las mil y una actividades, la plata derrochada en nimiedades, las horas sentad@s al volante en la marea enervante del tráfico, el tiempo perdido en actividades que quizás no lo merecían. Porque el tiempo, nuestro tiempo, es un regalo; no es un derecho innato que podamos reclamar al Estado, a la OMS o a deidad alguna. Y curiosamente (aunque en realidad no debería sorprender) son los más pequeños quienes comprendieron mejor que nadie precisamente eso: La importancia de aprovechar ese regalo, de vivir cada minuto, de disfrutar este tiempo que nos fue, de algún modo, donado por algo tan pavoroso como lo es una pandemia, que aún está dejando muchos enfermos, muchos muertos, muchos signos de interrogación alrededor del planeta. Mi segundo hijo, quien cumplió 8 en medio del encierro, un día dijo lo siguiente: “¿Sabés qué me gusta de la pandemia? Que podemos estar todo el día juntos, todos los días.” Cuánta razón. Después le preguntó a su hermano adolescente qué era, desde su perspectiva, algo positivo de la cuarentena, y éste replicó una sola cosa: “tener tiempo”. ¿Cuándo volveremos a tener tanto tiempo para pasarlo, juntos?

Obviamente, las realidades difieren. Hay quienes perdieron trabajo, salud, dinero, familiares y/o aunque más no sea la ilusión de salir a tomar o bailar hasta que el sol se despabile. La salud mental de muchas, demasiadas, personas se vio y sigue viendo afectada. No quisiera restarle importancia a ningún quebranto. Pero esto no es un concurso de desgracias. Todos estamos elaborando algún tipo de duelo este año. Por nuestra parte, la dulce espera la habíamos imaginado muy distinta. Es la que nos toca, como padres, como familia. Nada (o poco) de paseos llenos de ilusión por tiendas de artículos para bebés, nada de babyshowers presenciales, nada de “qué grande está tu panza” o “de cuánto estás” y amigas y conocidas queriendo tocar la panza; es más, si no fuese por las redes sociales, poc@s se habrían enterado siquiera de que estamos a punto de dar la bienvenida a un miembro más a esta pandilla. Y aquí estoy mencionando detalles llamémoslos insignificantes. Porque están las verdaderas prioridades, los mil y un detalles sanitarios a tener en cuenta, como el hecho de que – si todo sale acorde al plan – tendremos que pasar (y pagar) por el test Covid-19, que muchas mujeres están dando a luz solas, sin sus parejas, y viviendo el postparto en soledad, sin parientes o amigos marcando presente en los hospitales y los hogares, en jaque por este bicho tan ínfimo y tan dañino. Prefiero no pensar demasiado en el abanico de posibilidades que rondan como fantasmas al momento del parto. Y al “después”. ¿Qué pasará después? ¿Qué mundo, qué vida le ofreceremos a nuestro hijo, entre pestes, desastres ambientales, rumbos políticos con brújulas entorpecidas por ideologías peligrosas? ¿Qué le espera? No lo sabemos. Así como nuestros abuelos o bisabuelos no sabían cómo o si es que saldrían de las guerras cruentas y bombardeos y hambrunas y colapsos económicos y huídas que les tocaron a ellos, en su momento. Lo que podemos intuir es que nos esperan tiempos turbulentos. Y no se me ocurre otra cosa que entregar todo, todas esas actuales y futuras batallas al Único que mantiene el control, siempre. Es la insuperable y magnífica certeza que tengo. Todo sucederá como debe. Todo lo demás… bueno, se verá cuando suceda.

Mientras tanto, seguiré disfrutando a mi familia, mi tesoro más grande. Seguiré orando por salud y por paz en Paraguay y el mundo. Seguiré detrás de las fotografías de tareas para entregarlas online, detrás de la historia sin fin que son los quehaceres del hogar, detrás de libros leídos y por leer y canciones tarareadas y bailes en la sala y plantas que florecen en el jardín y galletitas horneadas e ideas locas para entretener a los chicos y también detrás de malhumores no todos motivados por el enjambre de hormonas y de lecciones de cómo comportarse y claros ejemplos de cómo no y de lágrimas y rabietas y de chistes y de regaños y abrazos y cuentos antes de dormir. Seguiré creyendo como loca en el Jesús que sufre con todos nosotros y, a la vez, es la roca de esperanza, también o precisamente en tiempos sombríos. Seguiré alegrándome con cada patadita que me recuerda la bendición de la vida misma, ese milagro que se puede explicar científicamente en detalle pero para el cual no existen suficientes palabras en los diccionarios humanos. Dar a luz fue, es y será siempre un momento prácticamente enigmático, digamos hasta místico, experiencia espiritual como no hay otra comparable, a pesar de ser lo más cotidiano del mundo…

Dar a luz en medio de las tinieblas de la incertidumbre es una amalgama de temores e ilusiones, de futuros posibles, de esperanzas que parecen atolondradas y preguntas sin respuesta. Muchos dicen que todo saldrá bien pero en verdad nadie lo sabe, sólo Dios. Y abandonarse a esa falta de certezas, dejarse caer en los brazos del futuro desconocido, reconocer que nuestros pasos los damos sin arnés sobre una cuerda floja y que en cualquier momento el paseo puede cambiar drásticamente de rumbo o incluso acabar, pero que Dios está con nosotros para guiar nuestros pies y también para rescatarnos en caso de caer al vacío, eso es un salto de fe.

Todos pronunciamos este año incontables veces las palabras “cuando todo esto se termine” o “cuando las cosas vuelvan a ser normales”. No tenemos la menor idea acerca de cuándo será ese “cuando” (ni siquiera si habrá un “cuando”, o cómo será). Lindo sería que, cuando llegue el “cuando” que anhelamos, las cosas vuelvan a ser normales pero quizás no tanto. Que salgamos de ésta con las lecciones aprendidas. Que la generación que ya ahora lleva el mote cariñoso de “pandemials”, entre quienes se encuentra nuestro bebé, crezca más fuerte y más sana para enfrentar los cuantiosos problemas que heredarán, con mayor sabiduría y fe que las generaciones anteriores. Y que a quienes vivimos esta locura para contarla no se nos olvide nunca más dónde encontrar la felicidad, sea cual fuere esa misma para cada persona en particular, y las primeras dos letras de dicha palabra.

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